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miércoles, 16 de mayo de 2012

Álbum blanco (versión atravesada de Triple Equis) (8)




Good Night
(Lennon / McCartney) 


Dormir poco no es un tormento para mí. No sé de dónde saco la energía reparadora como para amanecer sin malestares. En todo caso, si por algún motivo quiero dormir y no puedo, recurro a tácticas repetitivas. La idea es no tener que levantarse de la cama para buscar un atlas. El único libro disponible es la Biblia, de ser posible, la Vulgata de San Jerónimo.

Los libros más entretenidos del antiguo testamento son el Génesis, Éxodo y el de los Jueces. Por eso evado sus historias y trato de sumergirme en el Deuteronomio, para ir sintiendo la modorra que produce esa lista de leyes judías...

martes, 15 de mayo de 2012

Álbum blanco (versión atravesada de Triple Equis) (7)



Revolution 1
(Lennon / McCartney)


Misterio geográfico
Aparece volcán japonés en pleno departamento del Cauca


La peculiar figura del monte Fuji fue vista, esta madrugada, en el lugar donde usualmente está el volcán Puracé.

Desde la mañana de ayer, el pico nevado protector de Tokio fue divisado en los Andes colombianos a la altura del parque natural Puracé. Este cambio, calificado como “sorprendente” por funcionarios de Ingeominas, fue reportado por una llamada anónima y ya reúne la atención de científicos de todo el mundo.

Un primer comunicado de la Casa de Nariño explica que “no hay que tener miedo. Sólo se trata de un holograma proyectado por el terrorismo de oposición para hacer quedar mal a los pinches volcanes locales”. Agrega, además, que no puede tratarse del monte Fuji en persona. El canciller ya ha telefoneado al lejano oriente y le contestaron que el volcán sigue en su sitio.

Por otra parte, camarógrafos del canal Discovery trabajan intensamente en la preparación del documental, “Operación Fuji”, rodado íntegramente en el volcán del Totumo. 

lunes, 14 de mayo de 2012

Álbum blanco (versión atravesada de Triple Equis) (6)





Piggies 
(Harrison)

Mi mujer me dejó un recado donde dice que Triple Equis no le parece ya una opción para un personaje. En esa tónica, tomé un papelito e hice lo propio.
En mi mensaje le pregunto, “¿Por qué?”


Birthday 
(Lennon / McCartney)

Soy del signo de piscis, pero debería ser cáncer porque, aunque no parezca, soy tímido. Eso sí, aclaro que no creo ni ando pendiente de la influencia de los astros en mi rutina. De golpe le creo a la luna por eso de las mareas y porque a veces, si me trasnocho, la barba crece más rápido...

viernes, 11 de mayo de 2012

Álbum blanco (versión atravesada de Triple Equis) (5)




Wild Honey Pie
(Lennon / McCartney) 


¿Qué tal? Mucho gusto. Triple Equis, la segunda con hache intermedia… Bonito nombre, así se llamaba una hermana de mi bisabuela… No mucho. Es que venía un poco tarde y aceleré el paso. ¿Qué vas a pedir?... No, yo quiero un café doble… Hoy hizo calor todo el día; parece que va entrando el verano… A mí también, y ojalá dure para poder ir a piscina.

jueves, 10 de mayo de 2012

Álbum blanco (versión atravesada de Triple Equis) (4)

I Will 
(Lennon / McCartney) 

Son increíbles los diversos matices del amor. A uno ese sentimiento parece invadirlo por etapas, a tal punto que la primera dimensión que aparece es la mística. 

El primer signo de amor es la contemplación; una especie de etnografía, pura observación no participante, dada la coincidencia de que el objeto del deseo es un desconocido. 

martes, 8 de mayo de 2012

Álbum blanco (versión atravesada de Triple Equis) (2)




The Continuing Story of Bungalow Bill
(Lennon / McCartney)


Cuando sale a cazar tigres con su escopeta de matar elefantes, Triple Equis deja bien cerrada la puerta de su alcoba. Luego, al amanecer, recoge los restos de felino que se le enredan entre las piernas.

Han caído siete y el trabajo de quitarles la piel da escalofríos. Es aterrador recordar la refriega y cómo los tigres le clavaban las garras. La escopeta se ha ido poniendo vieja y, a veces, se traba haciendo necesario el uso de aceite para aflojar los resortes. Lo peor es que el cañón es de un solo tiro, recargable cada quince minutos.

Hace tiempo, en caso de accidentes, solía llamar a su mamá. Ella venía y le decía que todo estaba bien porque el Capitán Maravilla vendría a socorrerlo. Ahora, cuando la escopeta se traba, no puede llamar a nadie. Le toca a él solo sacudir su arma hasta que sale el disparo.

De repente, siente unas ganas terribles de dormirse abrazado a sí mismo.

lunes, 7 de mayo de 2012

Álbum blanco (versión atravesada de Triple Equis) (1)



Carátula:

Un buen día, Triple Equis tuvo ganas de salir a la terraza con una taza de café y un cigarrillo en la boca. Con el tiempo había desplazado los rubios mentolados a cambio de puchos sin filtro. El café era recién colado. Le gustaba espeso, aunque ya comenzaba a molestarle la gastritis. Lo endulza sin pudor haciendo de su pocillo el festín ideal de las abejas, siempre en busca de acción panelera.

El ritmo de los actos empezó a marcarse desde entonces: un sorbo de café, dos copiadas al cigarrillo, un sorbo de café, ceniza en cenicero (bis).

Es que nunca se había puesto a mirar con atención. Primero se levantó y, por accidente, salió a la terraza (sin café y sin pucho) y cuando alzó la vista tuvo frente a sí el monte Fuji. Era el volcán Puracé, pero a Triple Equis se le antojaba pensar en el Japón, que es un país que siempre ha querido fumarse. Entonces ahí si vuelve a su cuarto y saca un cigarrillo. Pone a colar el café y volvemos al principio.

¿Será que alguien en Japón sale a su terraza y, viendo el monte Fuji, supone que es el volcán Puracé?


miércoles, 29 de febrero de 2012

Apuntes para el apóstata de hoy


"La última cena" - Salvador Dalí (1955)


A Mateo Arbeláez

- Papi, ya le escribí la carta al niño dios – dijo Boris con la cara salpicada de felicidad.
- ¿Bueno, hijo y qué le pides? - Pregunta necia, pero pertinente en este caso. La respuesta, necia también, sale de los labios de Boris casi sin pensar y cae como una piedra sobre el papá que prosigue -Entonces, ahora escríbeme una carta a mí, tu papá, pidiendo los regalos.

 Junto al padre está la mamá al borde de las lágrimas.

- ¿Si ves, Alfonso? Vos podés ser buen papá si te lo proponés. Sólo es cosa de que pasés tiempo con el niño y le hablés. Estoy conmovida.
- Listo, hijo. ¿Ya están las dos cartas?
- Si papi.
- Dámelas. Ya veremos quién te cumple.


viernes, 27 de enero de 2012

La tragedia de Montepío



Desde hace dos noches, el pueblo donde nací no existe. Yo, que salí hace varios años, no he perdido mayor cosa. Sólo quedaban algunas tías viejas que bordaban mantelitos entre misas.

Sucedió que, tras la epidemia de activistas por los derechos de los animales, antitaurinos y prohibicionistas de toda índole, el sacrificio de animales para el consumo humano fue decretado ilegal. El alcalde estampó su magna firma (y al decir ‘magna’ se aclara que dicho funcionario pertenece a mi familia por línea paterna) en la norma municipal que abolió el consumo de vacas, toros, chivos, chivas, yeguas, caballos y marranos en toda la jurisdicción de Montepío.

La cotidianidad alimenticia del pueblo se fue trasladando hacia toda clase de hortalizas y legumbres, en un principio. Como el alcalde poseía algunas hectáreas sembradas de coliflor, se impuso (también por decreto) su consumo en las tres comidas diarias.

Fue una bomba de tiempo. Tras algunas semanas en tan monótono régimen, las cloacas municipales no daban abasto para refundir, decentemente, los estragos intestinales de los moradores, ocasionados por el ácido sulfhídrico de la coliflor.

Así fue como, hace dos noches, los montepianos escucharon que la tierra bramaba. Voluntarios de la Defensa Civil alertaron sobre un sismo sin precedentes. La policía de acuarteló de primer grado y el cura tocó las campanas a rebato. El alcalde, como es natural, se encontraba realizando gestiones de suma importancia en un famoso balneario caribeño.

Recibí una llamada de mi tía, la más joven, la mamá del alcalde, la de 87 años.

- Mijo, oiga como ruge la tierra. ¡Qué temblor, Dios mío!

Y fue lo último que oí antes de que la comunicación se cortara.

Esta tarde, mostraron en televisión las primeras imágenes de la catástrofe en Montepío. Todas fueron hechas desde un helicóptero que no pudo aterrizar a causa del hedor explosivo de la caca que se devolvió desde las alcantarillas para sepultar a mi pueblo.


domingo, 18 de septiembre de 2011

La marrana flaca



Soledad de mis amores, no hago sino quererte. Del amor antes de ti me quedó una buena dosis de nostalgia, como para acompañar los cafés de aquí en adelante. 

Soledad es mi marrana. La compré cuando Carmela no quiso seguir conmigo, consiguió novio y se casó. Rompí un cochinito de barro, donde metía las sobras de mi diario, y corrí hasta donde Gerardo para que me vendiera una de las crías de Ramona, su lechona favorita. Yo quería un macho, pero Soledad parecía destinada a crecer a mi lado. No, mentira. Me la llevé porque era la más grandecita y agraciada. Además, aún hoy conserva el brillo en la mirada que me hechizó desde el primer día. 

martes, 6 de septiembre de 2011

Recreación de la creación


Dibujo de Esperanza Vallejo (2004)


En el principio, la Tierra estaba caliente y llena de volcanes. El único ser que deambulaba por el planeta era el gallinazo. No me pregunten cómo hacia para comer, si no había otro animal que se muriese para devorarlo, lo que sí es seguro es que el chulo revoloteaba sin cesar. 

En esta historia solo me ocuparé de Eduardo, que era un gallinazo de esos negros, con un par de alas (una a cada lado del cuerpo) y un precioso penachito blanco en el pecho. Y como era gallinazo, tenía un ojo medio cerrado en forma muy seductora. 

Como todo estaba tan caliente, solo las cumbres de algunas montañas servían de refugio para Eduardo. En el cielo, por allá en la nube más alta antes de alcanzar la estratosfera, funcionaba la "Universidad Pedagógica de los Galembos" y solo tenía una carrera: Derecho. Estos pajaritos estudiaban para abogados porque aún no tenían carroña que comer. 


domingo, 4 de septiembre de 2011

Múltiplos de Verónica (I)

Foto de Jan Saudek


Siempre que soñaba con alguna mujer ajena, se levantaba a registrar la escena valiéndose de una vieja grabadora de doble casete. Relataba paso a paso, con rigor científico, y le daba énfasis a las eventuales muecas realizadas por su amante onírica de turno. 

Luego, a la noche siguiente, reproducía la grabación de aquella madrugada para estimular el conducto regular de su próximo encuentro. Solía decir que su propia voz le parecía lo suficientemente erótica como para embelesarse en su escucha. 

3 de marzo. 

Verónica está triste. Ya no escucha sus discos macabros sino que pone los míos. Eso sólo puede significar que necesita un abrazo. 

12 de abril. 

De un abrazo a dos besos hay un trecho bastante corto. ¿Por qué será que ese rinconcito entre tus rodillas no ha acabado de secar? 

8 de junio. 

Ya no me jode tanto que suene McCartney todo el tiempo. Me saca de quicio esa manía tan tuya, Verónica celestial, de colgar tu ropa en mi espacio, en mi habitación. 

Por ejemplo, la noche del 3 de marzo soñó que el cuerpo de Verónica, su novia, era idéntico al de la vecina; una actriz envejecida y de pocos triunfos que colgaba sus calzones en el tendedero comunal, sin las mínimas consideraciones de espacio para los demás. O el 15 de septiembre, 12 de abril y 8 de junio. También, anotaba las fechas en que repetía mujer.


domingo, 21 de agosto de 2011

Isabel descarga el bolso como si trajese piedras


Isabel descarga el bolso como si trajese piedras, mientras su marido la regaña por haberse mojado con el chaparrón. Ella sonríe, quitándole toda la importancia al asunto, y se desploma de rodillas frente al tocadiscos.

- Valdría la pena cenar- le gruñe el hombre con su boca grande, como de payaso.
- Algo le pasa al tocadiscos. Cada vez lo veo con menos ganas de tocar- Isabel creía en la necesidad de buscar un terapeuta para el aparato.

El marido, quien al momento de escribir estas líneas se llama Julio, nunca gustó de llamarse como un mes. Miraba a Isabel con la ternura con que un gato lo haría con su motoncito de caca recién hecho, y no era la primera vez que consideraba la posibilidad de asesinar a su mujer.


miércoles, 17 de agosto de 2011

Gracias mujer ajena

Ava Gardner


Viento,
Rima asonante de un soneto mal armado;
Viento acre de ciudad sostenida
Y ella que corre entre los carros
Como ratón que huye del gato.

(Fragmento de la “Balada del retenido por error”, Cali, marzo de 1997)


Preludio

Siempre fuiste mala pero, aprendí a quererte porque soy terco y empeñé la vida en hacerte mía, aunque fuera una sola vez. Así de claro, eres lo que típicamente había conocido como una basura, pero Dios, que a veces es un bromista de primera, te hizo sabrosa de culo y tacaña de escrúpulos. 

No es que fueras la gran cosa. Al principio, me hice el propósito de hacerte caer en mi maraña de bobadas para desnudarte, muy rápido, y darme el desahogo que tanto necesitaba. Había tenido unos meses muy duros, de puras pajas rabiosas día tras día. Imágenes de mujeres conocidas y, de repente, prohibidas por lejanas, hasta que la broma divina empezó a jugarse después de un ataque de paludismo. La fiebre, que es mala celestina, me mostraba un rostro tuyo odiado, pero deseable. Y no fue cosa del destino o el amor que es ciego; fui yo mismo que me ranché en la idea de que aprender a quererte, a ti, la mala, la loca, la casi fea, iba a ser la meta. Por eso, cuando me preguntan, digo que el amor me lo inventé y que los besos del comienzo se los robé a tres almanaques con la foto de Ava Gardner. 

Luego supe que ibas a ser para mí, que la trampa ya estaba puesta y yo caí, redondo. De ahí en adelante todo fue lo que tú y yo recordamos. Por mi parte, aún echo de menos tus tetas infames, tu boca golosa y obscena, mentirosa. No dudo de los “te quiero”, pero si de todo lo demás. Tengo en alta estima los momentos del engendro que éramos uno dentro del otro y no el estúpido guiñapo que fui y eras, soy y serás, después de la verga cansada, olor a eterno sueño de muerte. 

Los cálculos me fallaron y después del primer encuentro, que se suponía sería el único, no quise sacarme el embeleco académico de aprender. En este caso, a ser el que siempre habías querido o, por lo menos, lo más cercano al gañán que te estruja el corazón. 

miércoles, 10 de agosto de 2011

De cómo Triple Equis naufragó en los ojos grandes

"El enigma de Guillermo Tell" (Salvador Dalí)

La muchacha de ojos grandes siente cosas interesantes por Triple Equis. De hecho, llevan saliendo algunos meses y al parecer, todo marcha bien.

Tienen una especie de conexión, típica de los enamorados, que los hace aparecer indiferentes ante los ojos del mundo. Por eso la gente se extraña de que la muchacha se deje ver con él y viceversa, claro, porque se supone que casi no se conocen y ni siquiera son amigos. Hasta donde sé, se conocieron en un mitin de trabajadores de la rama judicial, sindicato que Triple Equis frecuentaba hasta que cayó en cuenta de lo perezoso que es para las cuestiones importantes.

Ella al parecer, iba a dejar algún documento en el juzgado, con tan mala suerte que justo ese día empezaba el paro. Luego Triple Equis empezó a frecuentar el mismo café que la muchacha. Después de una semana se reconocían como distantes compañeros de tinto doble con azúcar (dos sobrecitos y pedían otros dos para llevar).

jueves, 9 de junio de 2011

La pianista

Tomada de pensamientosdibujados.blogspot.com

Verónica Ruiz Osorio nació con facultades asombrosas para tocar el piano, cocinar mariscos y gustarle a todo el que se llame Óscar, sea cuentero barato y se afeite con espuma de carnaval.[1]

A pesar de ser buena cocinera, su olfato se había dañado en la infancia cuando, por accidente, aspiró una botella de ácido muriático. Desde ese momento, quedó imposibilitada para detectar el aroma de la pecueca. Tal vez por eso, sin llegar a asegurar nada, era presa fácil de los juglares contemporáneos.[2]

Pero era, en esencia, virgen. Pura y casta de pensamiento y obra. Lo más parecido al pecado, para ella, era el olor de los camarones mientras los limpiaba, y sus ideas más oscuras apuntaban a las teclas negras del piano que, dicho sea de paso, siempre olía a mariscos.[3]

No se sabe si era esa condición o su olfato imperfecto lo que agudizaba otros sentidos como el oído y el tacto. Sabía con certeza si tenía fiebre y era capaz de calcularse la temperatura corporal tan sólo con ponerse una mano en la frente.

Cuando la conocían daba miedo. Es que su atractivo estaba de lejos. Era una mujer para admirar, para adorar a la distancia. Más de un Óscar pasó por su casa atraído por el olor y se marchó por donde vino al verla de cerca. A ella siempre le dio lo mismo porque su olfato no andaba bien.[4]

La limitación olfativa de Verónica se limitaba a los malos olores. Era incapaz de olfatear lo podrido y lo invasivo. Era de buena memoria, pero un día se vio distraída recordando la primera pieza que tocó en el piano, herencia de su padre jazzista. Todo apunta a que olvidó cerrar la llave del gas.[5]

Después de la fuga, Verónica no fue la misma.[6]



[1] En este punto, al inicio, la diégesis particular que abarca el universo discursivo de los personajes, baste decir que no se trata de otra historia entre dos. Verónica es hija de las circunstancias y no tiene la culpa de ocasionar miradas poco contenidas de parte de los innumerables Óscares que reúnen los requisitos para desear, al menos, un frío saludo de parte de la muchacha.

No me detendré, entonces, en la descripción de ningún cuentero barato para no herir la frágil susceptibilidad de varios amigos, adalides en suma, del rescate de la tradición oral. Tampoco viene al caso ahondar en la triste fluidez económica de quien, como el cuentero, vive de andar los caminos comiendo poco y cagando por la boca. Además, el nombre Óscar merece respeto. No es apropiado andar mentándolo por ahí, habiendo tanto tipo buena gente y provechoso para la sociedad que se llama así, por ejemplo, mi tío.

Y de Verónica, ni se diga. A diario nacen millones de personas en el mundo con facultades extraordinarias para cualquier cosa. Todos tenemos nuestro talento escondido. Yo, por ejemplo, soy diestro en fingir el llanto en momentos de crisis. Otros son maestros en crear tormentas en vasos de agua.

[2] Nótese el tono trágico que sirve de germen a la narración. Conviene anotar que es meramente irónico y paradójicamente accidental. En este caso no sabemos qué tanto ácido pudo aspirar Verónica, por lo que decir que su olfato sufrió algún daño es mera especulación.

No obstante, este detalle es de vital importancia para comprender el giro satírico que resulta de equiparar el olor a pecueca con el indicador feromónico principal que expele el cuerpo del cuentero. En suma, ¿Por qué había una botella de ácido muriático al alcance de una niña? ¿Cómo hizo para encontrarla? ¿Por qué no hubo otros daños en el organismo de Verónica?, son cuestiones que no revisten la menor importancia.

[3] Hago la salvedad de que recurro al lugar común de la muchacha virgen, sin mácula alguna, con plena conciencia y no en un rictus imitador del realismo mágico, tan en boga desde los años sesenta. Me propongo usar tan gastada cualidad en oposición, divertida si se quiere, al aroma de la comida marina asociada desde antaño con el sexo. No es lo mismo con el piano. El punto hilarante viene de la asociación morfológica de la palabra “teclas” en su doble sentido, tanto en el piano como en los senos de una mujer.

[4] Lo inexplicable. Esa sabrosa sensación de impotencia ante el misterio. Por eso me gusta este fragmento. En él quise dar a entender que no es posible explicar la agudeza del oído y el tacto de Verónica. Lo demás, digamos que cae por su propio peso. Lo desconocido asusta y esa es la razón por la que la gente huye.

Para rematar, uso la fórmula que planteé al principio y digo que varios sujetos llamados Óscar han pasado por su vida. Me parece que debo mencionarlo pues creo que no queda del todo claro, aunque un poco de misterio no cae nada mal.

[5] Astuto punto de giro. Es paradójico como algo tan etéreo como un recuerdo, plenamente estético, ponga en juego la vida misma. Me gusta el suspenso. Insinuar que Verónica puede morir, haría posible crear una atmósfera intensa y propicia a la especulación del lector. Mejor si la narración es contada en familia, de sobremesa y apagando el televisor.

Es curioso ver que Verónica tuvo un padre músico inclinado por el jazz, mientras ella prefería a Schubert por sobre todas las cosas, por encima de Chopin y renegando de Thelonius Monk. Pero esa primera pieza fue, justamente, “Epistrophy”. Allá verá el lector cómo le hace para relacionar tan bello tema de jazz con una fuga de metano.

Son cosas que lo ponen a pensar a uno. Esta parte del cuento, advierto, no es para reírse. Hay que guardar las proporciones y saber cuando soltar la carcajada. Para eso se precisa, no solo, leer de corrido, sino que también es prudente averiguar la mecánica del chiste. Es usual toparse con muchos autores que escriben de corrido y el lector es incapaz de saber cómo, cuándo y dónde reír o llorar.

[6] El relato termina justo con esta frase. Se puede hablar, en este caso, de un final abierto porque no resuelve mayor cosa, salvo el hecho de suponer que Verónica no murió.

lunes, 30 de mayo de 2011

El gran danés

Tomada de gustyaguilar.blogspot.com

Verónica es una mujer fácil de impresionar. Parece que los años no le han quitado esa infantil capacidad de sorprenderse casi con cualquier cosa. Siempre que lee el periódico, me llega con el relato enardecido de los hechos más curiosos: el accidente aéreo en San Andrés y la señora muerta, pero del susto; la bomba en Bogotá; el volcán Galeras o un oscuro torneo de parqués, donde el ganador fue un enano cuadrapléjico y se pregunta, nos preguntamos, cómo diablos le hizo para batir los dados. También arma un pequeño drama hospitalario cuando me corto afeitándome. Y esa es la mejor parte porque me cuida como si fuera enfermera. Le digo que me arde mucho esa zanja de cinco milímetros abierta por debajo de mis narizotas; le advierto que una pequeña dosis de papel higiénico puede atrancar la incipiente hemorragia y le suplico que me aplique un besito, justo al lado, para que con sus labios no tropiece la herida.

Mi hermana, cuando viene de visita, sostiene que Verónica no es impresionable, sino boba. Algo similar dicen su madre y la mía, a pesar de que papá no se pronuncia y fusila con la mirada a las dos viejas, cada vez que el tema sale a flote. Yo me limito, casi siempre, a colar más café y a entretener a Verónica con largos paseos que debe darle a Bruno para que cague afuera y nunca jamás entre mis pantuflas. Además, ese perro y esa impresionable se llevan bastante bien. No es como con la familia: ella no sabe solo mi papá la estima mucho y creo que ni cuenta se ha dado de las ganas de estrangularme que se carga su mami.

Creo que mi suegra me odia porque no he sido capaz de darle la razón en ese de que Verónica es bobita. Yo le he dicho, “Doña, Veroniquita es bonita y ya está mayorcita. No creo que usted deba hablarme a mí sobre los problemitas de aceptacioncita que tenga con su hijita”. Y ella se ha enojado sosteniendo que le salgo con rimas pendejísimas. Y, en eso, tiene razón.

A veces, sobre todo los sábados, me afeito con ganas de cortarme. Un acto microsuicida, pero no para morirme, sino para que Verónica abra los ojos y despliegue el botiquín que trae en la cara. Para cuando terminamos, ella con la satisfacción de haber salvado una vida y yo con ganas de volver mi rostro un crucigrama, Bruno ya ha dejado su monumental cerro de mierda entre mis pantuflas.


miércoles, 4 de mayo de 2011

Flaca


Pasé la mitad de mi vida restándole importancia a los síntomas. La otra mitad, me la gasté cuidándome de las corrientes de viento y el pelo de los gatos. 

Después de haber vivido tan mal, quisiera devolver el tiempo hasta aquellos días de mayo, cuando no dolía la cabeza y bañarse de sol no implicaba un mes de hospital. Lástima que ninguno de mis nietos quiera tomarse los minutos para escucharme o, tan sólo, para contarme sus planes y pedir consejos. Los viejos somos sabios porque ya vivimos y yo vendría siendo el ejemplo de una mala vida, el “antisabio”. Con razón. 

Cuando era niño le temía a mi abuelo porque se portaba con severidad. Tuve miedo de mis padres, también, pero por el hecho de sentir culpa de no ser el que ellos se imaginaban. Y sé que la mayoría de la gente vive como yo: mal, a medias, arrepentidos de lo que pudo haber sido y no fue. 

Debo confesar que desde aquel mayo, hace unos sesenta años, no creo haber dado un solo paso en la dirección indicada. Tan terrible resulta, a largo plazo, una decisión mínima, estúpida, como fue la de no hablar nunca con la mujer flaquita que compraba Alka Seltzer en la farmacia de mi padre. 

Era alta, como sacada de los guaduales de la canción, pero dejándome en la duda eterna de si, también, tenía alma. Iba los martes y los viernes a las ocho de la mañana y pedía dos Alka Seltzer. 

En esos días yo era novio de María y ayudaba al viejo en el negocio para que no me sermoneara. El magnánimo Augusto no soportaba que su hijo mayor quisiera ser abogado, mientras su alquimia ancestral iba cayendo en el olvido familiar. Cuando la flaca entró por primera vez, me causó simpatía. Siempre he sentido una fuerte tendencia hacia la solidaridad con la gente que sufre de trastornos gástricos. Además, en mi propia infancia, solía devorar pastillas de Alka Seltzer a manera de mecato. 

Pero los días avanzaban y la flaca volvía. Noté que no era capaz de hablar cuando ella estaba. Pedía lo suyo, me pagaba y agradecía: me quedaba mudo. Y no era sino que llegara don Fidel, el relojero, o la hija de los Vidal, para que empezara a charlar sobre el clima, el fútbol, lo bonita que se había puesto Catalina o lo doloroso que es el nacido en la nalga izquierda de la vieja Velasco. A veces, coincidían todos con la flaca, pero ni así me atrevía a verla a los ojos y por lo menos contestarle “a la orden”. Siempre se marchaba, lo que se dice, vulgarmente ignorada. 

Pronto supe que esa mujer larga, esa inmensa lágrima de Bachué, me dejaba mudo porque me gustaba. Claro, esa es una de las señales típicas del gusto. Y venía a comprar sus dos pastillas para el estómago o el guayabo, nunca lo supe, y sacaba monedas de un bolsillo del pantalón. Ponía la sencilla sobre el escaparate con unas manos blanquísimas y de uñas bien cuidadas, pero sin esmalte. Se ponía un anillo, al parecer de esmeralda, en el dedo corazón izquierdo y sonreía con todos los dientes, un tanto amarillos, tal vez por la nicotina. 

Todo pasó en mayo. Un mes, nada más. El último día, el 31, despaché la orden de siempre. La flaca, y muy a mi pesar nunca supe su nombre, salió de la farmacia enrollada en la luz de la mañana. Se detuvo en el andén y lucía, ahora sí, como la mujer de mi destino. 

Esa tarde, a las cuatro, salí a cumplir mi cita inevitable con el resto de mis días. Recorrí a pie, aunque con el frac puesto, las doce cuadras hasta la parroquia. Miraba con cuidado, como buscando un billete en el suelo, por si la flaca aparecía. Al llegar, María, mi eterna María estaba junto a su padre parada a un ladito del altar. Me recibió en sus brazos de algodón y caucho. Me abrió su boca para decir que ya estaba preocupada. Además, me dijo algo que no entendí y que no quisiera tener que preguntarle ahora.


miércoles, 27 de abril de 2011

Ella se llama como siempre



Cuelgo la llamada con fastidio porque no me gusta hablar por teléfono al mediodía. Al mismo tiempo, empato una miradita fugaz pero efectiva para decirle cuánto me gusta, que no se vaya y que ojalá no vuelva con el novio aficionado a todo menos a ella. Bueno, creo yo que es efectiva pues a mi me sabe a gloria ver que me ve, aunque sea de reojo.

Teléfono suena otra vez. Día especial Movistar para clientes tan selectos como yo. Suena una risa, justo la de ella y sonrío para mis adentros y sus afueras con todos los dientes y más, convencido de que microscópicamente soy feliz. Entonces me dan las ganas diarias de pasarle las manos a través del alma y acariciar cada rincón del cosmos que me ofrece ahí sentada. Se pone el pucho a un ladito de la boca para reírse más duro y acaba de fumar y empieza la rutina de maquillaje: me gusta imaginar que es una actriz de cine mudo a punto de saltar al plató. Y me gusta saber que, de cierto modo, es así. Termina con sus polvos y sus untos, pero no se transforma; simplemente empieza la función, donde ella se llama como siempre y yo termino siendo el que se va por la vereda hasta que ruedan los créditos.


domingo, 6 de febrero de 2011

A la Madre Teresa y, de paso, a otras dos



Te quedó la boca hinchada y mal herida de tanto repetir esos “te quiero” sin sentido. De estos años me guardo las cavilaciones alrededor de otras mentiras, pero escupo, para que te caigan muy cerca, cada uno de los trozos digeridos de ti y de mí.

O mejor, no me guardo nada y aprovecho que estás cerca para mostrarte mi ojo izquierdo, el confesional ojo de gato salpicado ahora con el cáncer de las imágenes fijas.

Y no vaya a ser que ahora, al cabo del tiempo, empiece a darte asco. ¿Por qué habrías de temer viendo este cuerpo podrido que supura venenos? ¿Acaso no eras feliz con estos miasmas?