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viernes, 27 de enero de 2012

La tragedia de Montepío



Desde hace dos noches, el pueblo donde nací no existe. Yo, que salí hace varios años, no he perdido mayor cosa. Sólo quedaban algunas tías viejas que bordaban mantelitos entre misas.

Sucedió que, tras la epidemia de activistas por los derechos de los animales, antitaurinos y prohibicionistas de toda índole, el sacrificio de animales para el consumo humano fue decretado ilegal. El alcalde estampó su magna firma (y al decir ‘magna’ se aclara que dicho funcionario pertenece a mi familia por línea paterna) en la norma municipal que abolió el consumo de vacas, toros, chivos, chivas, yeguas, caballos y marranos en toda la jurisdicción de Montepío.

La cotidianidad alimenticia del pueblo se fue trasladando hacia toda clase de hortalizas y legumbres, en un principio. Como el alcalde poseía algunas hectáreas sembradas de coliflor, se impuso (también por decreto) su consumo en las tres comidas diarias.

Fue una bomba de tiempo. Tras algunas semanas en tan monótono régimen, las cloacas municipales no daban abasto para refundir, decentemente, los estragos intestinales de los moradores, ocasionados por el ácido sulfhídrico de la coliflor.

Así fue como, hace dos noches, los montepianos escucharon que la tierra bramaba. Voluntarios de la Defensa Civil alertaron sobre un sismo sin precedentes. La policía de acuarteló de primer grado y el cura tocó las campanas a rebato. El alcalde, como es natural, se encontraba realizando gestiones de suma importancia en un famoso balneario caribeño.

Recibí una llamada de mi tía, la más joven, la mamá del alcalde, la de 87 años.

- Mijo, oiga como ruge la tierra. ¡Qué temblor, Dios mío!

Y fue lo último que oí antes de que la comunicación se cortara.

Esta tarde, mostraron en televisión las primeras imágenes de la catástrofe en Montepío. Todas fueron hechas desde un helicóptero que no pudo aterrizar a causa del hedor explosivo de la caca que se devolvió desde las alcantarillas para sepultar a mi pueblo.


jueves, 22 de diciembre de 2011

Crónica

La puerta abierta, la mesa puesta, el café servido, el tabaco humeando. Recién llego, pido lo mio para beber despacio y, bueno, la jovenzuela allí, tiritando de frío con los ojos bien puestos en su cabeza que, dicho sea de paso, parece hecha para que yo pierda la mía.


domingo, 4 de diciembre de 2011

Autorretrato #2: Sapo




"Las cosas son iguales a las cosas" 
(Ignacio Escobar Urdaneta de Briggard)

Vengo del barro plateado y de la conjunción de felices circunstancias que hicieron de un sapo pantanero mi primera mascota. Nací entre cuatro siglos de barro, mierda de vaca y sangre de peón. Una fuente de piedra y adentro el sapo pantanero. Tengo el parkinson del planeta incrustado en el recuerdo como las espadas que le cruzaban el corazón a la Dolorosa cada vez que el látigo acertaba en las espaldas de su hijo. 

Soy el mayor de la prole del fin de los tiempos, o como escuché decir alguna vez, la repetición de la repetidera. Aunque siempre ha sido así porque los hijos de tiempos duros son los padres de paraísos momentáneos. Me parió una enfermera y un estatuto de seguridad le guardaba las espaldas. Me limpiaron los orificios; borraron los rastros de sangre de peón y me vistieron con el mameluco azul (típico de los niños y de los buenos cristianos) 

Pero el magnetismo metafísico es más poderoso. Una fuente de piedra y el sapo que se escapa con sus brincos poderosos. Lo alcancé, persiguiéndolo carrera mar y lo encontré aplastado, veinte años en el futuro, entre siglos de barro, mierda de vaca y gente y sangre, la mía, de peón.


martes, 29 de noviembre de 2011

Autorretrato #1

Mujer ante el sol (Joan Miró)

Estas manos pequeñas, perfumadas con el humo del tabaco que se eleva, inclinándose un poco en la dirección del viento, son las manos que uso en caso de ataque de tigres invisibles. Las uso para cubrirme la cara después de comprobar que no tengo garras. Me sirven para alzar el peso agobiante de la cuchara sopera llena de sopa y de vez en cuando para dar cuchilladas al cadáver de una vaca. 

Uso las manos todo el tiempo, ya sea de reloj o de visita. Las traigo pegadas a los antebrazos de suerte que no las dejo olvidadas en el bus. Me sirven de mucho, pero yo no a ellas. Un día hice el deber de dejarlas quietas y ahora sé que no se mueven por mi voluntad. Mis manos, que son dos, perfumadas con el humo del tabaco y el sudor de los dedos, son las que uso para aferrarme al sol. 

El sol, esa estrella picante en invierno y madre en verano.


miércoles, 23 de noviembre de 2011

El ciclo del miedo



A veces el miedo toma forma de aire fresco y no queda de otra sino respirarlo. No es tanto por la mañana donde el aire es más o menos frío y pasa golpeando la nariz para hinchar los pulmones en ese bailecito de infla-desinfla que a la larga mantiene oxigenado al cerebro. Es cuando aparece el primer transeúnte, que respira el mismo revuelto de gases, que la atmósfera se va cargando de radicales libres. Y aparece otro y otros más; entonces es mediodía y hay muchos que respiran, algunos sin ganas. El ambiente ya no es solo humano: del humo de los cigarros, de los carros y las motos; así como del vapor de los sudores y los gases de los traseros, sale el miedo tomando forma de aire fresco y no queda de otra sino correr y respirarlo.

Otras veces, el miedo no aparece sino hasta que la soledad del baño arropa a los aseados, que tenemos en el estropajo y el jabón la activa vida social y sexual que nos niega el resto del mundo. Aparece en forma de cucaracha, bestia infernal y poderosa de cinco centímetros de largo. Pasea por los rinconcitos de la ducha ante un cuerpo de ente desnudo, indefenso: el hombre no teme a la cucaracha si tiene puesta, al menos, una chancla. Pero ahí, retrocederá hasta una pared y gritará con angustia; la cucaracha será más rápida y trepará por su pierna, a lo que la víctima responderá con sucesivas sacudidas que lo llevarán a perder el equilibrio y golpearse la cabeza con un filo. Esto dejará sin oxigeno al cerebro y el miedo vuelve a tomar forma de aire fresco, máscara de gas respirable en una ambulancia, en caso de que alguien se percate del horrendo crimen cometido por una cucarachita. 

Pero por lo general el miedo se esconde. Se pone plumas negras y piquito de gancho para despresar a sus víctimas que, por regla general, ya están muertas. El miedo es perezoso y por lo tanto oportunista. Es compinche de las multitudes y la soledad. Anda en círculos, imitando el vuelo de los pájaros, sobre su objetivo esperando el grito desgarrador que antecede al último suspiro. Ahora baja con varios compañeros y se come las entrañas putrefactas del que gritó. El miedo toma forma de aire fresco y no queda de otra sino respirarlo, mientras las plumas quedan regadas por el suelo y las máscaras con piquito ganchudo van a dar al cinturón. El miedo no da tristeza, pero sí inmensas ganas de llorar. Su verdadero rostro se esconde en una jaula negra de metal.


miércoles, 9 de noviembre de 2011

Parábola del venido a más



Un amigo me dijo, en tono de suficiencia y como hablándole a un bobo:

- Para qué joden tanto con eso de la educación. Arrancados de mierda, todo lo quieren regalado- sus frases se remataban en diminutas gotas de babas que le chorreaban por la comisura de los labios.

No pude contestar de inmediato. Me puse a reflexionar sobre las amables palabras de mi amigo, casi hermano, y luego de unos segundos eternos sólo me quedó una propuesta para hacerle:

- Listo, nos cansamos de que nos den todo "gratis". ¿Entonces, por qué no privatizamos el único servicio público efectivamente universal y gratuito (bueno, lo pagamos con los impuestos) que tenemos los colombianos?- le dije mientras veía cómo hacía bolitas con un moco que acababa de sacarse.

- ¿Cómo así, cuál?- replicó.

- La fuerza pública.


viernes, 4 de noviembre de 2011

Los desvelos de Triple Equis

Tomada de lacabezadellobo.blogspot.com

Dormir poco no es un tormento para mí. No sé de dónde saco la energía reparadora como para amanecer sin malestares. En todo caso, si por algún motivo quiero dormir y no puedo, recurro a tácticas repetitivas. La idea es no tener que levantarse de la cama para buscar un atlas. El único libro disponible es la Biblia, de ser posible, la Vulgata de San Jerónimo.

Los libros más entretenidos del antiguo testamento son el Génesis, Éxodo y el de los Jueces. Por eso evado sus historias y trato de sumergirme en el Deuteronomio, para ir sintiendo la modorra que produce esa lista de leyes judías.

miércoles, 26 de octubre de 2011

El miembro honorable



Los honorables miembros decidieron otorgar la medalla al valor a un soldado de cuarenta y tres kilos y aspecto enfermo. Por primera vez se tomó la determinación de abandonar la imagen heroica de las películas y ensalzar la miseria del universo hecha hombre. Hombre de huesos y algo de carne. 

Viéndolo allí sentado, junto a las altas dignidades, parece que la suya comenzara a existir, pero es sólo un truco de cámaras. Dicen que la televisión hace engordar cinco kilos. En este caso, más bien hace crecer la nariz y el espacio entre oreja y oreja.

jueves, 13 de octubre de 2011

Con el nombre en el pelo



Era que estabas en un espacio luminoso por obra y gracia del papel colorido que le puse a las bombillas. No vi que tocaras el piso, por lo que supuse que venías como aparecida de quien sabe qué dimensión donde las mujeres son como tú y el resto no existe.

El espacio lleno con varias voces que gritaban tu nombre. Desde tu lugar, el monstruo que vive en el foso negro repetía la palabra que te habías puesto en el pelo y la convertí en un mantra que me arrulla y despierta, ahora, aquí, sin bombillas de colores y el alma arrugada contemplando tus fotos.


Santiago de Cali, octubre de 2011





domingo, 18 de septiembre de 2011

La marrana flaca



Soledad de mis amores, no hago sino quererte. Del amor antes de ti me quedó una buena dosis de nostalgia, como para acompañar los cafés de aquí en adelante. 

Soledad es mi marrana. La compré cuando Carmela no quiso seguir conmigo, consiguió novio y se casó. Rompí un cochinito de barro, donde metía las sobras de mi diario, y corrí hasta donde Gerardo para que me vendiera una de las crías de Ramona, su lechona favorita. Yo quería un macho, pero Soledad parecía destinada a crecer a mi lado. No, mentira. Me la llevé porque era la más grandecita y agraciada. Además, aún hoy conserva el brillo en la mirada que me hechizó desde el primer día. 

martes, 6 de septiembre de 2011

Recreación de la creación


Dibujo de Esperanza Vallejo (2004)


En el principio, la Tierra estaba caliente y llena de volcanes. El único ser que deambulaba por el planeta era el gallinazo. No me pregunten cómo hacia para comer, si no había otro animal que se muriese para devorarlo, lo que sí es seguro es que el chulo revoloteaba sin cesar. 

En esta historia solo me ocuparé de Eduardo, que era un gallinazo de esos negros, con un par de alas (una a cada lado del cuerpo) y un precioso penachito blanco en el pecho. Y como era gallinazo, tenía un ojo medio cerrado en forma muy seductora. 

Como todo estaba tan caliente, solo las cumbres de algunas montañas servían de refugio para Eduardo. En el cielo, por allá en la nube más alta antes de alcanzar la estratosfera, funcionaba la "Universidad Pedagógica de los Galembos" y solo tenía una carrera: Derecho. Estos pajaritos estudiaban para abogados porque aún no tenían carroña que comer. 


domingo, 4 de septiembre de 2011

Múltiplos de Verónica (I)

Foto de Jan Saudek


Siempre que soñaba con alguna mujer ajena, se levantaba a registrar la escena valiéndose de una vieja grabadora de doble casete. Relataba paso a paso, con rigor científico, y le daba énfasis a las eventuales muecas realizadas por su amante onírica de turno. 

Luego, a la noche siguiente, reproducía la grabación de aquella madrugada para estimular el conducto regular de su próximo encuentro. Solía decir que su propia voz le parecía lo suficientemente erótica como para embelesarse en su escucha. 

3 de marzo. 

Verónica está triste. Ya no escucha sus discos macabros sino que pone los míos. Eso sólo puede significar que necesita un abrazo. 

12 de abril. 

De un abrazo a dos besos hay un trecho bastante corto. ¿Por qué será que ese rinconcito entre tus rodillas no ha acabado de secar? 

8 de junio. 

Ya no me jode tanto que suene McCartney todo el tiempo. Me saca de quicio esa manía tan tuya, Verónica celestial, de colgar tu ropa en mi espacio, en mi habitación. 

Por ejemplo, la noche del 3 de marzo soñó que el cuerpo de Verónica, su novia, era idéntico al de la vecina; una actriz envejecida y de pocos triunfos que colgaba sus calzones en el tendedero comunal, sin las mínimas consideraciones de espacio para los demás. O el 15 de septiembre, 12 de abril y 8 de junio. También, anotaba las fechas en que repetía mujer.


domingo, 21 de agosto de 2011

Isabel descarga el bolso como si trajese piedras


Isabel descarga el bolso como si trajese piedras, mientras su marido la regaña por haberse mojado con el chaparrón. Ella sonríe, quitándole toda la importancia al asunto, y se desploma de rodillas frente al tocadiscos.

- Valdría la pena cenar- le gruñe el hombre con su boca grande, como de payaso.
- Algo le pasa al tocadiscos. Cada vez lo veo con menos ganas de tocar- Isabel creía en la necesidad de buscar un terapeuta para el aparato.

El marido, quien al momento de escribir estas líneas se llama Julio, nunca gustó de llamarse como un mes. Miraba a Isabel con la ternura con que un gato lo haría con su motoncito de caca recién hecho, y no era la primera vez que consideraba la posibilidad de asesinar a su mujer.


miércoles, 17 de agosto de 2011

Gracias mujer ajena

Ava Gardner


Viento,
Rima asonante de un soneto mal armado;
Viento acre de ciudad sostenida
Y ella que corre entre los carros
Como ratón que huye del gato.

(Fragmento de la “Balada del retenido por error”, Cali, marzo de 1997)


Preludio

Siempre fuiste mala pero, aprendí a quererte porque soy terco y empeñé la vida en hacerte mía, aunque fuera una sola vez. Así de claro, eres lo que típicamente había conocido como una basura, pero Dios, que a veces es un bromista de primera, te hizo sabrosa de culo y tacaña de escrúpulos. 

No es que fueras la gran cosa. Al principio, me hice el propósito de hacerte caer en mi maraña de bobadas para desnudarte, muy rápido, y darme el desahogo que tanto necesitaba. Había tenido unos meses muy duros, de puras pajas rabiosas día tras día. Imágenes de mujeres conocidas y, de repente, prohibidas por lejanas, hasta que la broma divina empezó a jugarse después de un ataque de paludismo. La fiebre, que es mala celestina, me mostraba un rostro tuyo odiado, pero deseable. Y no fue cosa del destino o el amor que es ciego; fui yo mismo que me ranché en la idea de que aprender a quererte, a ti, la mala, la loca, la casi fea, iba a ser la meta. Por eso, cuando me preguntan, digo que el amor me lo inventé y que los besos del comienzo se los robé a tres almanaques con la foto de Ava Gardner. 

Luego supe que ibas a ser para mí, que la trampa ya estaba puesta y yo caí, redondo. De ahí en adelante todo fue lo que tú y yo recordamos. Por mi parte, aún echo de menos tus tetas infames, tu boca golosa y obscena, mentirosa. No dudo de los “te quiero”, pero si de todo lo demás. Tengo en alta estima los momentos del engendro que éramos uno dentro del otro y no el estúpido guiñapo que fui y eras, soy y serás, después de la verga cansada, olor a eterno sueño de muerte. 

Los cálculos me fallaron y después del primer encuentro, que se suponía sería el único, no quise sacarme el embeleco académico de aprender. En este caso, a ser el que siempre habías querido o, por lo menos, lo más cercano al gañán que te estruja el corazón. 

miércoles, 10 de agosto de 2011

De cómo Triple Equis naufragó en los ojos grandes

"El enigma de Guillermo Tell" (Salvador Dalí)

La muchacha de ojos grandes siente cosas interesantes por Triple Equis. De hecho, llevan saliendo algunos meses y al parecer, todo marcha bien.

Tienen una especie de conexión, típica de los enamorados, que los hace aparecer indiferentes ante los ojos del mundo. Por eso la gente se extraña de que la muchacha se deje ver con él y viceversa, claro, porque se supone que casi no se conocen y ni siquiera son amigos. Hasta donde sé, se conocieron en un mitin de trabajadores de la rama judicial, sindicato que Triple Equis frecuentaba hasta que cayó en cuenta de lo perezoso que es para las cuestiones importantes.

Ella al parecer, iba a dejar algún documento en el juzgado, con tan mala suerte que justo ese día empezaba el paro. Luego Triple Equis empezó a frecuentar el mismo café que la muchacha. Después de una semana se reconocían como distantes compañeros de tinto doble con azúcar (dos sobrecitos y pedían otros dos para llevar).

jueves, 4 de agosto de 2011

Un amante más flaco que yo

(1934) Tomada de Publicidad y propaganda2008

El primer pucho que me fumé, con plena conciencia, me mareó hasta la náusea. Era un Derby robado del paquete que el tío Rodrigo guardaba en el bolsillo de su camisa, un día de verano cuando yo acababa de cumplir los 16. Conocía la técnica gracias a los compañeros de colegio que intentaron, en vano, enseñarme las artes de copiar humo en las fiestas de la adolescencia. 

Pero no había practicado hasta ese momento porque el tabaco representa para mí un ritual completamente privado de autodestrucción. Recuerdo al abuelo Manuel con su eterno Royal a media boca, en la soledad de la sala y en compañía de un buen libro. De pronto, su voz bonita, sazonada con los tintes militares que deja la vida, sonaba claro y sin confusión: “Venga mijo, vaya a la tienda y me trae un cigarrillito”. Por que el viejo compraba de a uno y jamás guardó cajetillas. 

El primer pucho mío, fruto de un hurto de menor cuantía, sirvió de lente para leer a Dumas con sus tres endiablados mosqueteros. Pronto descubrí que para abrir ese y cualquier otro libro necesitaba hurgar entre las camisas del tío. 

En esos días, el abuelo había renunciado a fumar debido a quebrantos de salud. Yo lo hacía una o dos veces en semana hasta que empecé a sentir una poderosa atracción hacia el acto de fumar si emprendía la tarea de escribir. Después, los primeros tragos largos se sellaban con un pacto secreto de humo entre labios y espíritu. 

Cada verso, cada canción escuchada o cada novela devorada desde entonces me huele a tabaco. Primero Derby, luego Royal, Pielroja y Boston. Los besos de amor van entre el aroma mefítico, para algunas y bohemio, para otras.  Llevo quince años de concubinato con un amante más flaco que yo. Arrastro el olor y el sabor de miles de colillas, sobre todo la primera del día, como una marca de identidad y el anuncio de que soy yo, de que ya llegué. Necesito fumar todo el tiempo porque el destino me puso la trampa y soy escritor. 

Ya el cuentista peruano Julio Ramón Ribeyro aseguró que escribir es un acto accesorio al placer de fumar. Entonces, no soy fumador porque escribo, sino que es el humo del tabaco el que entra en mi organismo y sale convertido en palabras descubriendo, de paso, un nuevo e interesante proceso físico comparable a la condensación, que nos trae la lluvia, o a la destilación, que nos provee el ron.


martes, 5 de julio de 2011

Canibal



A qué sabrán tus ojos que me miran desde el velo del mar, acusándome de soberbia porque digo que no me importa que sean para mí.

Siempre me los sirves en bandeja de aumento y, entonces, me provoca pensar que son uvas en la noche y aceitunas en la luz plena de esos días que te pintan el cabello de sol. Porque el pelo vendría bien con tus ojos en el mismo plato, con jugo de guayaba o un buen vaso de sonrisa macabra que sale exprimiendo con fuerza esa boca tuya, no tan roja.

Y sólo puedo asociar sabores conocidos como el de la tarde, cuando se va oscureciendo, el momento en que la luz es pésima para tomar fotos. Aunque ese es otro asunto que poco tiene que ver con el sabor de tus ojos.


lunes, 20 de junio de 2011

Propuestas sensuales para el fin del mundo



1.

Una ciudad destruida por la ira de Dios o la mano del hombre; es igual. Una fila de personas hechas de cartulina caminando hacia el horizonte bajo un cielo rojo. Entre el público, un radio encendido. En escena, dos ratones disputándose un trozo de lechuga.


RADIO: Ante la inminencia del ataque divino, se sugiere a la gentil audiencia, huir cuanto antes a las cimas de las colinas y buscar las cuevas que fueron refugios en la guerra (Pausa breve) Por ahora, disfrutemos de las dulces notas del bandoneón en éste, su programa, “tangos del milenio”.

RATÓN 1: Yo pensé que iba a ser más difícil.

RATÓN 2: Tu eres afortunado. Yo acabo de darme cuenta que también pensamos.

Un tango cualquiera suena hasta acabarse. Los ratones parten la lechuga y comen.

Oscuro.


2.

Una partida de ajedrez. Los peones negros se tomaron el poder y están en la fila de atrás. Los caballeros blancos ríen y beben vino.

RATÓN 1: ¿Jugamos con reloj?

RATÓN 2: Bueno, aunque importe poco.

RATÓN 1: ¿Por qué?

RATÓN 2: De todas formas ninguno gana.

Las piezas del ajedrez se cansan de esperar y empiezan a jugar con una “pelota loca”. La pelota escapa del tablero. Las piezas juegan, entonces, a los pistoleros y se matan con disparos imaginarios. Los ratones huyen.

Oscuro.

3.

Las ruinas de la ciudad. Bajo algunos escombros hay un maniquí vestido de mujer. Los ratones vienen huyendo de la escena anterior y se meten bajo la falda del maniquí.

RATÓN 2: ¿Te diste cuenta?

RATON 1: ¿De qué?

RATÓN 2: Le estamos haciendo cosquillas en los pies y no se mueve.

RATON 1: Tendrá otras preocupaciones.

RATÓN 2: Eso parece, pero las cosquillas en los pies son casi irresistibles.

El radio se enciende de nuevo entre el público. Solo se escucha el ruido de la estática.

RATON 1: Ni tanto (Pausa) ¿Oyes?

RATÓN 2: Si, pero no entiendo nada de nada.

RATON 1: Comenzó el aguacero.

RATÓN 2: No creo.

RATÓN 1: Pues suena como un aguacero.

Oscuro. El radio se queda encendido.

4.

Oscuro. El radio al fin se sintoniza.

RADIO: Después de esta breve interrupción, ocasionada por el clima, se invita a todos nuestros apreciados radioescuchas a abandonar el lugar en perfecto orden y completo silencio. Los que están cerca de las puertas primero y así... (Regresa la estática).

Los ratones salen entre el público mordisqueando las butacas.

fin


jueves, 9 de junio de 2011

La pianista

Tomada de pensamientosdibujados.blogspot.com

Verónica Ruiz Osorio nació con facultades asombrosas para tocar el piano, cocinar mariscos y gustarle a todo el que se llame Óscar, sea cuentero barato y se afeite con espuma de carnaval.[1]

A pesar de ser buena cocinera, su olfato se había dañado en la infancia cuando, por accidente, aspiró una botella de ácido muriático. Desde ese momento, quedó imposibilitada para detectar el aroma de la pecueca. Tal vez por eso, sin llegar a asegurar nada, era presa fácil de los juglares contemporáneos.[2]

Pero era, en esencia, virgen. Pura y casta de pensamiento y obra. Lo más parecido al pecado, para ella, era el olor de los camarones mientras los limpiaba, y sus ideas más oscuras apuntaban a las teclas negras del piano que, dicho sea de paso, siempre olía a mariscos.[3]

No se sabe si era esa condición o su olfato imperfecto lo que agudizaba otros sentidos como el oído y el tacto. Sabía con certeza si tenía fiebre y era capaz de calcularse la temperatura corporal tan sólo con ponerse una mano en la frente.

Cuando la conocían daba miedo. Es que su atractivo estaba de lejos. Era una mujer para admirar, para adorar a la distancia. Más de un Óscar pasó por su casa atraído por el olor y se marchó por donde vino al verla de cerca. A ella siempre le dio lo mismo porque su olfato no andaba bien.[4]

La limitación olfativa de Verónica se limitaba a los malos olores. Era incapaz de olfatear lo podrido y lo invasivo. Era de buena memoria, pero un día se vio distraída recordando la primera pieza que tocó en el piano, herencia de su padre jazzista. Todo apunta a que olvidó cerrar la llave del gas.[5]

Después de la fuga, Verónica no fue la misma.[6]



[1] En este punto, al inicio, la diégesis particular que abarca el universo discursivo de los personajes, baste decir que no se trata de otra historia entre dos. Verónica es hija de las circunstancias y no tiene la culpa de ocasionar miradas poco contenidas de parte de los innumerables Óscares que reúnen los requisitos para desear, al menos, un frío saludo de parte de la muchacha.

No me detendré, entonces, en la descripción de ningún cuentero barato para no herir la frágil susceptibilidad de varios amigos, adalides en suma, del rescate de la tradición oral. Tampoco viene al caso ahondar en la triste fluidez económica de quien, como el cuentero, vive de andar los caminos comiendo poco y cagando por la boca. Además, el nombre Óscar merece respeto. No es apropiado andar mentándolo por ahí, habiendo tanto tipo buena gente y provechoso para la sociedad que se llama así, por ejemplo, mi tío.

Y de Verónica, ni se diga. A diario nacen millones de personas en el mundo con facultades extraordinarias para cualquier cosa. Todos tenemos nuestro talento escondido. Yo, por ejemplo, soy diestro en fingir el llanto en momentos de crisis. Otros son maestros en crear tormentas en vasos de agua.

[2] Nótese el tono trágico que sirve de germen a la narración. Conviene anotar que es meramente irónico y paradójicamente accidental. En este caso no sabemos qué tanto ácido pudo aspirar Verónica, por lo que decir que su olfato sufrió algún daño es mera especulación.

No obstante, este detalle es de vital importancia para comprender el giro satírico que resulta de equiparar el olor a pecueca con el indicador feromónico principal que expele el cuerpo del cuentero. En suma, ¿Por qué había una botella de ácido muriático al alcance de una niña? ¿Cómo hizo para encontrarla? ¿Por qué no hubo otros daños en el organismo de Verónica?, son cuestiones que no revisten la menor importancia.

[3] Hago la salvedad de que recurro al lugar común de la muchacha virgen, sin mácula alguna, con plena conciencia y no en un rictus imitador del realismo mágico, tan en boga desde los años sesenta. Me propongo usar tan gastada cualidad en oposición, divertida si se quiere, al aroma de la comida marina asociada desde antaño con el sexo. No es lo mismo con el piano. El punto hilarante viene de la asociación morfológica de la palabra “teclas” en su doble sentido, tanto en el piano como en los senos de una mujer.

[4] Lo inexplicable. Esa sabrosa sensación de impotencia ante el misterio. Por eso me gusta este fragmento. En él quise dar a entender que no es posible explicar la agudeza del oído y el tacto de Verónica. Lo demás, digamos que cae por su propio peso. Lo desconocido asusta y esa es la razón por la que la gente huye.

Para rematar, uso la fórmula que planteé al principio y digo que varios sujetos llamados Óscar han pasado por su vida. Me parece que debo mencionarlo pues creo que no queda del todo claro, aunque un poco de misterio no cae nada mal.

[5] Astuto punto de giro. Es paradójico como algo tan etéreo como un recuerdo, plenamente estético, ponga en juego la vida misma. Me gusta el suspenso. Insinuar que Verónica puede morir, haría posible crear una atmósfera intensa y propicia a la especulación del lector. Mejor si la narración es contada en familia, de sobremesa y apagando el televisor.

Es curioso ver que Verónica tuvo un padre músico inclinado por el jazz, mientras ella prefería a Schubert por sobre todas las cosas, por encima de Chopin y renegando de Thelonius Monk. Pero esa primera pieza fue, justamente, “Epistrophy”. Allá verá el lector cómo le hace para relacionar tan bello tema de jazz con una fuga de metano.

Son cosas que lo ponen a pensar a uno. Esta parte del cuento, advierto, no es para reírse. Hay que guardar las proporciones y saber cuando soltar la carcajada. Para eso se precisa, no solo, leer de corrido, sino que también es prudente averiguar la mecánica del chiste. Es usual toparse con muchos autores que escriben de corrido y el lector es incapaz de saber cómo, cuándo y dónde reír o llorar.

[6] El relato termina justo con esta frase. Se puede hablar, en este caso, de un final abierto porque no resuelve mayor cosa, salvo el hecho de suponer que Verónica no murió.