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sábado, 2 de abril de 2011

Anales del falso profeta (7)



Miércoles, 1 de junio del 2005 (primera parte)

Servilleta #1:

Víctor caminaba por una calle desierta y a cada paso, las puertas de las casas se blanqueaban convirtiéndose en muros. Apuró el paso, con el típico espanto de los que ven las puertas convertidas en muro, y trató de recordar las oraciones que Frau Sophia le había enseñado cuando era apenas un montoncito de huesos y piel blanca como la leche de las vacas de su padre.

Sólo le salían fragmentos de groserías y espumarajos por la boca. Sin darse cuenta llegó a una esquina donde lo esperaba una monumental vaca loca, debidamente apertrechada de pólvora, que empezó a seguirlo ferozmente para quemarlo con sus cachos de bengala.

Encontramos a papá Víctor gritando y revolcándose en su cama. La madrina trajo el tilo, el viejo lo bebió. No ha vuelto a hablar dese entonces.

Los corredores de la casa acumulan polvo, sobre todo a los lados, y guardan el silencio del abuelo como si cada ladrillo le llevara anotadas las rimas para publicarlas en un bello tomo de pasta dura. La madrina barre dos veces por semana y le lleva los tilos al estudio. Papá Víctor se levanta cada vez con mayor dificultad, pero sigue empeñado en renguear desde su cuarto y envolverse en la rutina achacosa de los últimos años.

Ahora no retumba su voz de sargento. Ya no se oyen los gritos buscando las pantuflas, ni a las pantuflas estrellándose contra una pared cuando son descubiertas, siempre bajo la cama. Lo único que suena son los resortes de su colchón cuando, en la noche, voltea de un lado a otro mientras concilia el sueño. Con la madrina hemos llegado a concluir que papá Víctor teme dormirse desde aquella noche en que calló definitivamente. Pero lo que se le apagó fue la boca, porque cuando quiere decir algo, mejor lo escribe en servilletas.

Servilleta #2:

Perro cochino. El perro de Otto era un gran danés que cagaba como un caballo. Luego tuvo gatos y pericos, pero el perro los sobrevivió a todos, inclusive a Otto. Víctor no se siente bien y quiere que Boris lo lleve al doctor.

Y así nos hemos ido acostumbrando a tratar con un señor que parece no ser él, tanto como para nombrarse en tercera persona y dejar de rimar.

Servilleta #3:

Alguien debería decirle a María que ese tilo le está quedando muy cargado. También, sería bueno si le baja a la frecuencia de sus visitas nocturnas: Víctor no puede dormir con toda esa gente hablando tan duro y de tantas pendejadas juntas.

Ahora hago parte del círculo de amistades de la madrina, María. Siendo niño, la charla era inentendible y los olores insoportables. Pero, de un tiempo para acá, el aroma de los cigarrillos y el vino en caja se han convertido en signos de la atmósfera de la casa los viernes por la noche. A pesar de que nunca he podido fumar, siento una atracción especial por el olor del humo. Tal vez sea porque me devuelve a los días en que papá Víctor recorría la casa rimándole a todo con sus puchos importados entre los dedos. O será que, cada vez que encienden un cigarrillo, se les pega un poco de emoción; se animan como por arte de magia y hasta parecen ser felices.

Por eso me gusta el humo y el vino, no tanto. El fermento de las uvas, eso sí, es un poderoso bálsamo para la conversa, por lo menos hasta que adormece la lengua. De ahí en adelante, la madrina empieza a decomisar llaves de automóviles y a llamar taxis. No debe quedar ni una sola alma en esa sala que, minutos antes, parecía una novela de Kundera a medio leer. Digamos que la reunión es la misma, sólo que fotocopiada cada semana. La gente llega en el mismo orden y se sienta en su lugar de costumbre. Salvo esporádicos resfriados o licencias de maternidad, vienen los mismos con las mismas. Apenas hace unos años me uní con algunos amigos del colegio que, hoy por hoy, ya no vienen.

Y se habla. Hasta el cansancio. En eso estoy de acuerdo con papá Víctor: las últimas frases de una charla nutrida son puras pendejadas. No voy a negar que, en esencia, comparto la visión del mundo de la madrina y sus amigos. Pero, comunistas o no, liberados o godos, vegetarianos o bien alimentados, los borrachos siempre son iguales. Creo que han estado buscando verdades en el lugar equivocado, pues lo más equitativo en este mundo no tiene que ver con la distribución del ingreso, sino con la del licor.


miércoles, 23 de marzo de 2011

Anales del falso profeta (6)


Martes, 1 de junio del 2004

Un cuarto de siglo en este valle de lágrimas. El abuelo está enfermo de una rodilla, pero sigue rimando. Por fin, y lo digo con sorpresa, comenzó a menguar y a sentirse viejo con todo y disgusto por la juventud y un nuevo odio hacia los ruidos fuertes.

Los nietos nos hemos puesto de acuerdo para llamarlo, así se enoje, “Papá Víctor”. Nuestros hijos tienen la misma iniciativa, a pesar de que los míos viven lejos porque, en eso, nos parecemos a Fernando. La última vez, el árbol de navidad no era capaz de soportar un regalo más. Los dos niños me miraban con desconfianza escondidos tras las faldas de mi madre, su abuela Doris, a la vez que intentaban devorar la última rosquilla. Se parecen mucho entre sí y tienen la misma estatura, por lo cual casi nunca se cuál es cuál. Lo único cierto es que son mis hijos porque se parecen a Víctor y a Otto, o sea, a mí mismo. Tampoco sobra decir que me producen cierta desconfianza.

El mayor, creo que le pusimos Raúl, llegó un noviembre para “alegrar el matrimonio de Boris, tan venido a menos”, según la madrina. El otro, nació casi un año después y estoy casi seguro de que se llama como yo. Me imagino que fue la revancha, pues el nombre del mayorcito fue fruto de una monumental pelea que mi señora ganó. Siendo honesto, desearía que los niños sacaran el temperamento de la mamá, mujer aguerrida y capaz de desbaratar un matrimonio en un año, pero siempre dejando la sensación de que todos fallaron menos ella.

Por lo pronto, Raúl y Boris, o como sea que se llamen, ya repiten la lección de corrido y se les oye clarito “bendición, papá Víctor”, segundos antes de que el viejo cuelgue y les arroje una maldición a distancia. Igual, no importa. Estarán bien y a salvo porque viven con la mamá. Además, el abuelo Víctor tiene los días contados y es natural esperar que con su muerte, los efectos de sus maldiciones se neutralicen. Lo otro es que, si por eso fuera, cada criatura viviente en este planeta sufriría espantoso tormentos dado el carácter de púgil espiritual del viejo. Cuando lo conocí, ya había peleado con los políticos liberales de la posguerra, los curas liberados, las mujeres que trabajan y usan minifalda, las nubes, los perros de los vecinos, los gatos de Otto, las malas pulgas de Doris, los payasos comunistas, los buses intermunicipales y la maldita manía tropical de llover y hacer sol, nada más.

En cambio, disfrutaba mucho de la compañía de niños silenciosos y obedientes siempre prestos a colaborar y a aprender de los mayores. Gozaba, también,  las innumerables visitas de sus amigos bigotudos y panzones que le hablaban de no sé qué resurgimiento. Él los saludaba con su típico sentido del humor, descubriéndose la cabeza muchas veces y riendo con carcajadas convulsas. Con el tiempo sus visitas menguaron hasta desaparecer. Comentaba, con orgullo en la voz, que era el único que quedaba:

“Federico se murió de cáncer
Y Rodrigo en altamar;
Hans dejó de ser
Llevándose consigo a Aldemar”

Hace un año aún jugaba fútbol en los esporádicos paseos a la finca del Patía. Ahora, debe usar bastón y calcular cada paso. Se decidió por cortar un trozo de cedro y hacerlo él mismo. Debo reconocer que hizo un buen trabajo, además de que le luce bonito. Y esa es otra cosa con la que papá Víctor no ha peleado: la terquedad. Prácticamente ha hecho su voluntad y casi todos los muebles de la casa. Claro que ahora, con su rodilla mala, se limita a leer y tomar tecitos de distintas frutas, como cualquier viejito decente.

(Continúa...)


miércoles, 16 de marzo de 2011

Anales del falso profeta (5)



Domingo, 1 de junio del 2003

Víctor tenía veinticuatro años cuando puso los pies en Buenaventura. Casi de inmediato deseó ponerlos de nuevo en el buque, pero ya no había marcha atrás. Guarda una foto que se hizo tomar ese mismo día y la estampa no puede ser más cinematográfica: un falso rabino de luengas barbas junto a su nórdica esposa, con unos treinta kilos de ventaja, quien cargaba un repollo de cuatro kilos llamado Otto.

Llegó hasta acá en el tren y tuvo la fortuna de encontrar a varios compatriotas camuflados tras el candelabro de los siete brazos. De lo demás no habla, y siempre será un misterio el modo en que logró acomodarse sin levantar sospechas. Nunca pensó tener nietos; creía que su suerte era mucha si lograba que Otto pasara de los cinco años.

Y tanto pasó que el miedo de enterrar a su pequeño se esfumó con la llegada de Doris, Sara y María. A cada una supo darle su lugar, pero no contaba con que el destino lo encariñaría en exceso con la última, la más chiquita que le recordaba a sus hermanas peinando muñecas de trapo a los pires de frau Sophia, la nodriza.

A decir verdad, el abuelo rimaba sólo su historia colombiana. La infancia se le salía raras veces, pero con total nitidez. A veces pienso que dice puras mentiras. Otras, simplemente juego a poner atención mientras don Víctor habla y yo me voy de nuevo a pensar en las cosas del día.

Bautizó a las hijas, porque nunca abandonó la cruz, en estricto orden de estatura. Cuando Doris cumplió los ocho años, Sara, de siete, era un poco más alta y María, un tanto más gorda.

(Continúa...)


miércoles, 9 de marzo de 2011

Anales del falso profeta (4)



Sábado, 1 de junio del 2002

Los ojos de Cristina no son tan grandes como los imaginaba. Siempre la había visto de carrerón, tan sólo reparando en esos pies gigantescos que siempre oculta entre unos zapatos que bien podrían ser de payaso. La vi fijamente, al rostro, esta mañana cuando llegó a saludarme por mi cumpleaños.

Cristina es la hija menor del tío Otto, respetable farmaceuta e hijo predilecto de don Víctor. Era el mayor y el favorito hasta su muerte, ocurrida poco después de la visita del papa polaco. La niña lo vio caer desmayado en la bodega de la farmacia. Corrió buscando a su madre para contarle que “papito se puso a dormir en el almacén, pero antes hizo unos pasos de baile chistosísimos”. Luego, vivió unos meses con nosotros mientras su mamá arreglaba los asuntos del difunto y salía de un sanatorio. En ese periodo, Cristina sostenía que su mami estaba de vacaciones en la finca, además, aún no habían empezado a crecerle los pies.

Aunque tuvo tres hermanas mayores, nunca anduvo vinculada a nadie distinto a la madrina, que era la misma mía. Claro que no coincidíamos mucho porque ella estudiaba en el colegio de las monjas marrones por la mañana y yo, como buen hijo de padres separados, en escuela pública vespertina. O sea que nuestras vidas no se han juntado demasiado, lo que pasa es que el más parecido, tanto física como anímicamente, al tío Otto soy yo. Sí, me parezco a Fernando, el que puso el esperma, pero gana la cara de alemán jodido en esta “manigua inmunda”, como decía el tío.

De Fernando Marín traigo los ojos marrones con todo y conjuntivitis. También la complexión de zancudo amazónico se la debo a los genes empotrados en el cromosoma Y. Desde luego, heredé el apellido, porque los Marín han sido gente decente que ha sabido responder por sus errores.

Creo haberlos visto juntos, a Fernando y Otto, una sola vez. Fue en diciembre, tal vez del 86, y los vi sentados en la sala del abuelo Víctor tomando wishky y diciendo palabrotas en cada chiste. Eran los días en que la madrina andaba enfrascada en otra “aventura pendeja”, según decía el abuelo, y no paraba en la casa sino para llevarse latas de atún.

La versión oficial era que estaba de paseo en la finca de unos amigos, pero el tío Otto y mi madre Doris hablaban por lo bajo acerca de no sé qué campamento y de un tal cerco, que yo creía de alambre, pero que en realidad era de militares. De hecho, una vez alcancé a escuchar que iban a hablar con la otra hermana para esperar el momento de ir a recoger el cadáver. Pero el paseo terminó cuando comenzó el nuevo año y la madrina llegó, cansada y oliendo feo, para quedarse estudiando mecanografía.

Cristina y yo jugábamos a los pistoleros mientras nos llegaba la hora de irnos a dormir esperando al niño dios. Entre balazo y balazo, Otto y Fernando intercambiaban consejos y bromas con palabras cada vez menos articuladas. “Mi papi tiene más plata que el tuyo y me va a regalar una bicicleta”, decía Cristina con ganas de verme envidioso. “Sí, eso es verdad, pero resulta que el tío también me va a regalar bicicleta a mí”, respondía triunfal y ella miraba hacia el infinito para ponerse a llorar.

Apenas llegaba el toque de queda para los niños, escuchábamos al abuelo Víctor hablar con el tío en alemán. Fernando venía hacia mí y me abrazaba llenándome con la pestilencia de su aliento, escocés en ese instante, intentando pronunciar cada palabra para no parecer borracho; “mijo, le dejé un detallito con don Víctor. Nos vemos en junio y se porta bien. Aufidersen, pues”, decía en chiste y desaparecía como un vampiro de película tapándose la boca con la manga del saco.

La madrina me decía que Fernando se iba largo tiempo para una finca donde había conseguido trabajo. Ahora comprendo que mi familia siempre fue bastante monotemática y falta de imaginación para inventar excusas.

Hoy, cuando Cristina pasó un rato a saludarme, reparé en sus ojos pequeños y me parecieron asquerosos. Debo reconocer que, a falta de hermanitos, fue una eficiente compañera de juegos durante un breve periodo en la infancia solitaria de ambos. Por primera vez dejé de mirarle los pies y, ante el desagrado con sus ojos, tuve que conformarme con verle las tetas. Debe ser la costumbre o la cercanía, pero Cristina no me agrada ni siquiera como prima o recuerdo lejano.

En cambio Elisa, su hermana mayor, fue y siempre será la mujer más hermosa del universo. Casi nunca estaba y sólo la veía en raras ocasiones familiares. Siempre fue y será mucho más alta, gorda y vieja que yo. Parecía sacada de los recortes de publicidad noruega que el abuelo guardaba entre sus libros.

Ya fallecido el tío, su familia se obligaba a pasar las fechas importantes en la casa paterna. Entonces llegaba Elisa, pero yo le tenía miedo. Participaba en las charlas de los mayores y hasta cruzaba la pierna como una mujer de verdad. Me gustaba jugar a quitarle la ropa con la mente y adivinar cuántas pecas tendría en las nalgas. Así fue durante muchos años. Luego, pude comprobar que sólo tenía pecas en la cara y algunas espinillas en la espalda.


(Continúa...) 


lunes, 7 de marzo de 2011

Anales del falso profeta (3)


Viernes, 1 de junio del 2001

Se con certeza que a mi madre la preñó un señor buena gente, muy parecido a mí justo a la edad que tengo ahora. Conozco su nombre y, además, pongo las manos en el fuego defendiendo su honradez y la lejana abnegación para con nosotros. Declaro solemnemente que lo quiero como a un padre.

En cambio don Víctor nunca quiso que le dijera papá. “Yo soy su abuelo materno, de aquí hasta el infierno”, decía con la caja de dientes a medio poner. Había quedado viudo tres años antes de que yo naciera y estaba por jubilarse cuando me bautizaron.

Nunca tuvo que ser cariñoso para ganarse mi afecto. Los alemanes viejos, súbditos del imperio que debía durar mil años, no suelen ser muy efusivos. Así, el abuelo llegó a estas tierras huyéndole a la pólvora de la suya propia. Se vino en un buque de bandera belga con la esposa y el hijo mayor, mi tío Otto, alma bendita. En su pueblo sabía herrar caballos, pero acá supo dar clases de botánica. Y de mecánica automotriz, clásica, moderna, cuántica y cuanta pendejada se le ocurría.

Yo me sentaba a sus pies para escucharlo hablar enredado y maldecir a Gaitán y a Echandía. De vez en cuando lloraba tímidamente cuando algo le recordaba sus filacterias arrumadas en el baúl de la sala.

Alguna vez quise preguntarle por los ritos de su pueblo. Quise saber porqué escogió este lado del mundo y no Israel. Me dijo que no recordaba bien, que la memoria le fallaba y por eso rimaba. Lo viejo ya se le borró, pero de lo nuevo qué sé yo. Luego, rebuscaba en un cajón y sacaba su vieja Luger de nueve milímetros que ya no servía. “Uno podía atravesar a diez judíos con un solo tiro”, decía ahora sin rimar.



sábado, 5 de marzo de 2011

Anales del falso profeta (2)



Jueves, 1 de junio del 2000

Si fuera gringo hoy empezaría a comprar licor legalmente. Aunque la edad ha importado muy poco a la hora de emborracharme. Las primeras copas fueron compartidas con los mayores cuando abandonaban el vino a medio terminar. Las segundas, ya despuntando el vello entre las piernas, venían de esas botellas de whisky escondidas por décadas en el armario de la segunda madre. Cuando me parieron, me nombraron otra mamá para el día del bautizo. La suplente asumiría el cargo si algo feo llegara a pasarle a la titular. Tenía que llamarla “madrina” y, como fue siempre soltera, administró con sapiencia tanto la economía, como el bar del abuelo.

Cada año, algún yerno envolvía una flamante botella de escocés traída de contrabando por Maicao y le ponía la tarjeta de rigor que rezaba, “Feliz día del padre, don Víctor”. Lo que siempre ignoraron es que el abuelo era abstemio de wishky porque, según él, sabía a chancleta de soldado. Por eso, luego de tres lustros, la tía madrina bien pudo haber reunido suficiente licor importado para ponerse un estanco. Pero no. Atesoraba cada botella en el fondo de un armario de cedro comido casi por todas las polillas del mundo reunidas. No sólo nunca se atrevió a tocar esas botellas, sino que tampoco pareció percatarse de su paulatina desaparición a manos de sobrinos púberes.

Contrario a lo que podría pensarse, la madrina nunca se casó, no por beata, sino por puro capricho. No era la tía bigotuda y rezandera que con los años se convierte en la conciencia de la familia y en la mano derecha del cura párroco. Era, más bien, una mujer guapa y tremendamente coqueta. El abuelo la quería mucho a pesar de ser demasiado liberal para su gusto. Los sobrinos también. De hecho, aún conserva sus soberbios atributos que luce con descaro cada vez que organiza una tertulia para los amigos.

Pero no siempre fue así. Por los días en que yo iba a nacer tuvo que pelear con el abuelo porque se hizo comunista. Luego, el problema fue que abandonó su trabajo de secretaria en la alcaldía para irse de gira con una compañía de payasos rusos que pasó por aquí, como los gitanos, robándose a la hija consentida de don Víctor.

Y el pleito quedó empatado pues, a pesar de seguir siendo comunista, ahora le teme a los payasos.


viernes, 4 de marzo de 2011

Anales del falso profeta (1)


Martes, 1 de junio de 1999

Nací un día como este hace veinte años, pero por la noche. Mis padres vivían juntos todavía y mis madres cocinaban y sonreían casi siempre. Reconozco que para ese día, aun no nacía mi memoria; lo que cuento me lo dijo una de mis madres, la biológica. También dijo que sabía de antemano cómo iba a desenvolverse mi juventud y aseguró conocer mi voz porque cuando le hablaba a la barriga yo contestaba, pero solo para sus adentros.

Como dije, de eso no me acuerdo. Ella es la que deja de pelar un plátano y se pone a recordarme dentro de sus entrañas, porque cuando salí era como volverme a conocer. Adentro no lloraba, más bien la consolaba cuando se sentía mal. Es que el embarazo trastorna a las mujeres y las pone a pensar en cosas que usualmente ni mentan. Tampoco pedía nada. Uno allá adentro no necesita nada. Me recitaba versos del abuelo y yo le contestaba con rimas de Bécquer. O era al revés. Ella decía “el nene va a dormir en su cunita cuando nazca”, y yo decía que sí, si no había más remedio, pues tocaría.

La noche en que nací el cielo estaba despejado. El abuelo le rimaba a todo para que no se le olvidaran las cosas. Es así como llegó junto a la hija recién parida y viendo la hombría de octavo nieto sentenció, “El hijo de Doris, mejor que se llame Boris”.

De este modo quedé bautizado y, de una vez, despejo las inquietudes de quienes he conocido que imaginan conspiraciones soviéticas de finales de los setenta. Me llamo así, por el rigor poético de un viejo patético, eso sí, en plena guerra fría.




jueves, 3 de marzo de 2011

Anales del falso profeta (prólogo)


Prólogo

Para ser políticamente correcto, socialmente funcional y emotivamente acertado, debe reconocerse el carácter tranquilo y amiguero del autor de estas páginas. También, en honor a la verdad, se hace el correspondiente aviso de que este prólogo nace de la primitiva necesidad de corresponder ante la solicitud de un favor.

Boris Marín es, ante los ojos de la crítica especializada, el creador de un vasto universo monotemático y paralelo al nuestro. El relato que se publica a continuación se constituye en el punto de partida de una serie de alusiones autobiográficas que irán retratando, no sólo al Boris humano, sino al Marín consagrado al solitario ejercicio de la novela..

Nos encontramos con un escritor peculiar. Es uno de los pocos que sabe, a ciencia cierta, el alcance de su obra. No es modesto al celebrar que su único lector (real, de carne y hueso, por supuesto) sea, al mismo tiempo, quien prologue la historia que más trabajo le ha dado.

Es en esta tónica que se invita al lector a sumergirse, hasta donde el resuello le alcance, en las virginales páginas de esta novelita vibrante, antibiótica si se quiere, donde se garantizan altas dosis de todo aquello que es el autor.

A ver qué tan primitivos resultamos.



Juan Pablo Ramírez I.

San Juan de Pasto, enero del 2010