
Nada qué hacer, monseiur Ribeyro. Fíjese que supe de usted a través de un amigo y el muy avispado no me dijo que era peruano (usted, no él). En un primer instante creí que usted era, como Carpentier, un europeo acubanado. Y es que tener un nombre tan difícil, Julio Ramón y fuera de eso Ribeyro...
Pero no es pecado ser peruano. Tal vez, un poco decepcionante, a pesar de que uno no tiene la culpa de nacer donde le toca. Sino dígamelo a mí que nací en un país muy bonito que tiene por política alimenticia popular la antigua tradición de la coprofagia: colombiano de nacimiento, es decir, comemierda desde chiquito.
Tampoco uno tiene la culpa de llamarse como se llama. La culpa es de los padres y la bisabuela o la telenovela de moda o el ancestro que hay que homenajear o el Papa o el presidente gringo de turno.
Usted es Julio. Yo nací en junio y, sin embargo, me llamo Pablo. Vi fotos suyas y ambos somos flacos, muy flacos. Fumadores, muy fumadores. La vaina es que, muy a mi pesar, mis dientes no son chuecos y podridos como los suyos, así que las similitudes acaban con eso.
Nada qué hacer Moncho... ¿Lo puedo llamar Moncho?